Vidas e Historias

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jueves, 10 de junio de 2010

domingo, 6 de junio de 2010

El Reencuentro



“... amores que matan, nunca mueren”
Joaquín Sabina


No pudo descansar en toda la noche, escuchó cada sonido de la ciudad, sirenas, gritos de hombres que volvían de una juerga, frenadas de autos que corrían osadamente. De repente los pájaros y sus trinos anunciaron la llegada del nuevo día. Un rayo de luz entró por la ventana y dibujó sobre la pared formas extrañas, a las que ella estaba acostumbrada. Disfrutaba imaginando personas o situaciones en esa proyección de claridad. Tal vez ella, tal vez él, quizá ambos amándose nuevamente.
Irguió su cuerpo para liberarlo de las garras de su lecho, envolvió su humanidad desnuda en una bata tan suave como las manos de quien alguna vez recorrió cada milímetro de su piel, cada lugar más recóndito, esos sitios a los que arriban solamente los verdaderos arquitectos del amor.
Caminó, se detuvo frente al espejo, un río de incertidumbre corría por sus venas, dejó caer la bata, y durante unos minutos, quien sabe cuantos, admiró su figura. Sus pechos turgentes, su afinada cintura daba paso a voluptuosas caderas, que remataban en dos preciosas piernas, largas refinadas, cuya piel poseía la textura del terciopelo.
Se dirigió al baño, sólo pensaba en el encuentro que estaba a punto de hacerse realidad. Llenó la bañera con agua tibia, introdujo aceites y espumas especiales para que su cuerpo derramara a su paso el aroma de la feminidad.
Estuvo allí como envuelta en un sueño un largo tiempo, fabulaba con aquel encuentro, estaba segura que era lo que deseaba desde la última vez que lo vio, su corazón se le escapaba del pecho de solo pensar que poco tiempo y distancia la separaban de él .
Salió del agua, untó su cuerpo con cremas especiales, seleccionó la mejor lencería, de encaje blanco, con ligueros, un precioso vestido negro, con detalles de piedras bordadas, que dibujaba su cuerpo como el de una sirena. Calzó sus pies en zapatos altos, de tacos elegantes, recogió su cabello, colocó en su cuello un camafeo que alguna vez recibiera como regalo de aniversario de su amado, con el que por fin volvería a encontrarse.
Maquilló suavemente su piel, esa piel que añoraba caricias, que latía al ritmo de recuerdos de noches de pasión, de amaneceres lascivos, de verdaderas festividades de los cuerpos.
Tomó su cartera, introdujo en ella un paquete, tal vez un regalo, dejó sobre el mueble de la entrada un sobre sin ningún destinatario, se perfumó y por fin salió a la calle.
Mientras caminaba hacia el lugar la cita, su mente transmitía imágenes del pasado, los veranos en la playa, los sueños de una familia, los secretos de una pasión desenfrenada, la infidelidad, el volver a perdonar, a creer, el sufrimiento, la traición.
Llegó al lugar, él ya estaba esperándola, se sentó con el donaire de una verdadera dama. Comenzó a hablar en voz alta, sin permitir que él responda, le reprochó su infidelidad, le recriminó la consecuencia de la misma, lo insultó. Él solo le devolvía silencio. Ella entre lágrimas le confesó que sintió morirse cuando se enteró que él se había enfermado de SIDA, que no pudo perdonarlo, que sentía un que odio insoportable se apoderó de su ser, por ese motivo le dijo adiós dejándolo solo, pero que nunca había podido olvidarlo. Le pedía explicaciones, le confesaba que sintió que su valor como mujer y amante se había destruido al enterarse que buscó en otras mujeres cosas que ella nunca le había negado y que habían disfrutado juntos, con esa complicidad que los hacía ajenos al mundo de los humanos.
Con sus manos temblorosas, abrió su cartera y sacó el paquete, mirándolo le dijo, hoy es nuestro aniversario, esté es mi regalo, abrió su boca y luego el silencio.


Días después el cuidador del cementerio, encontró a una extraña dama, abrazada a la tumba de su esposo, muerta por envenenamiento. En la casa, alguien abrió la carta, en ella se leía que el contagio de sida se había producido por una transfusión de sangre.
Ella lo sabía, no pudo soportar su desentendimiento, pero ahora en su rostro, se adivinaba un estado de paz, y en sus manos apretaba una foto de una boda feliz.
Juntos recorrieron la eternidad, y en la lápida una frase escrita quien sabe por que manos resumiendo la historia “amores que matan nunca mueren”




1) “amores que matan nunca mueren” Joaquín Sabina

Autora: Valeria Vergara

lunes, 31 de mayo de 2010

Ardid de vida



Cuando el reloj marcó las 6 de la mañana, toda la familia se despertó. Entusiastas, preparados desde hace muchos días para poder vivir estas ansiadas vacaciones. Conocer el Glaciar Perito Moreno era un sueño que estaba a punto de hacerse realidad.
Cargaron el auto con el equipaje, varias maletas considerando que era otoño y en el sur del país las temperaturas son muy bajas, ellos no dejarían nada librado al azar.
Felices, ansiosos, tomaron una de las rutas que marcaría el rumbo hacia su destino. La mañana estaba cargada con una niebla espesa, al igual que la ruta atestada de vehículos.
Rafaél, padre de familia y conductor del vehículo, iba muy atento a los cambios del tránsito y a cada situación que demandara todo su esmero.
Habían recorrido unos 120 kilómetros, cuando de la nada, una apocalíptica maniobra permitió que diez autos quedaran reducidos a un tren macabro de hierros retorcidos y gritos que se esparcían dolorosamente por aquel escenario Dantesco. Y de repente un silencio ensordecedor, presagiando la muerte.


Hacía meses que se veían, en la sala del hospital, a la espera de una noticia. Eran cinco mujeres, unidas por el dolor, por la esperanza, por el deseo de que un milagro cayera sobre sus vidas, como caen los frutos cuando están maduros. Se conocían demasiado, sus pesares, sus momentos felices, la llegada de sus hijos a este mundo, esos hijos que estaban conectados a aparatos torturantes, a la espera de un órgano, a la espera de la solidaridad que se desprende de la tragedia de otros seres humanos.
Cinco mujeres, fuertes como robles, inquebrantables, unidas por el destino, por una trama de mala suerte, o tal vez por una prueba que les ponía en el camino la vida.
Se sostenían mutuamente, el lazo que las unía tenía la apariencia de una red invencible, de un entramado de vigor, el bastión que solo empuña la maternidad.
¿Cuántos meses más pasarían? Todos los jóvenes se encontraban en emergencia nacional, estaban en igualdad de condiciones, sólo la fortuna tocaría con la varita mágica a quién sería el primero en salir de esa agonía interminable.



Las sirenas de los carros de bomberos, de las ambulancias iluminaban el escenario más pavoroso que se pudiera fabular. Pedidos de auxilio, gemidos, silencios ensordecedores, formaban parte de la escenografía de aquella fatal mañana.
En el auto Rafael yacía muerto sobre el volante, a su lado su esposa lanzaba el último suspiro , en la parte de atrás sus tres hijos, estaban aún con vida, el más pequeño lloraba desconsoladamente, cuando una enfermera lo alzó en sus brazos tratando de calmarlo.
Cargaron a los dos jóvenes que aún continuaban respirando en sendas ambulancias y el pequeño quedó bajo la protección de aquella enfermera anónima que amorosamente lo mecía.
La policía buscó datos entre los papeles de la guantera del vehículo, y así pudieron saber que se trataba de una familia oriunda de la ciudad de Córdoba. Inmediatamente se pusieron en comunicación con el hermano de Rafael, quien viajó para realizar los trámites, junto a su hermana. Ella se dirigió al hospital, dónde en sala de terapia luchaban por sus vida, los dos sobrinos de ella, de 16 y 18 años, de edad. Jóvenes hermosos, buenos estudiantes y amantes del tenis.

A las cinco mujeres, esa mañana se le agregó una más, que lloraba consternada, que no podía frenar la angustia que se desprendía de cada milímetro de su ser. Una de las mujeres se le acercó, simplemente le introdujo en el hueco de su mano la imagen de un santo, y sin decir palabras se alejó de ella.
En ese momento, un médico llamó a la señora que tenía en sus manos la estampita y le comunicó que ambos jóvenes estaban con muerte cerebral, y luego formuló la pregunta, directa sin rodeos, ¿tienen pensado donar los órganos?
Sara comenzó a temblar, su cuerpo perdía la poca entereza que le quedaba, apretó con fuerza la imagen de aquel Santo, y pensó en su hermano muerto, en esa familia destruida, en la fragilidad del ser humano.
Llamó a su hermano, y juntos determinaron que donarían los órganos, en un acto de amor y de recuerdo hacia lo que fueron en vida.
Las cinco mujeres, presenciaron ese momento, sin decir palabras. Sentían en su alma una mezcla de sentimientos contradictorios. Por un lado la realidad las enfrentaba al final de todos los finales de una hermosa familia, por el otro a un recomenzar en la vida de sus hijos, a una nueva oportunidad.
Como un imán que atrae a los metales, sin siquiera pensarlo, se encontraron abrazadas las 6 mujeres, entre lazos de lágrimas, de sueños, de singulares agradecimientos, en una red tejida, con hilos de destino.

Valeria

domingo, 16 de mayo de 2010

las perlas


Volvió del trabajo arrastrando su cuerpo, como un saco de huesos cansados. Subió uno a uno los escalones, abrió la puerta, se quitó el sobretodo y se recostó en el sofá. Cerró sus ojos, el departamento estaba frío como la mirada de los que ya no se aman. De repente en su mente sonaron como un lejano recuerdo las palabras de su madre “Es hora de que busques una compañera, la vida es mas grata de a dos”, se sonrió y prendió un cigarrillo.
Quedó envuelto en un sueño superficial, cuando una voz lo sacó del letargo “Amor ya es hora, las contracciones son cada cinco minutos” Dio un salto, se dirigió a la habitación y en la cama encontró recostada a una mujer blanca, como el camisón que vestía y como las perlas que llevaba en sus orejas.
Anda a la habitación de Lucía, y trae el bolso con la ropa para la bebé, le dijo. Mientras yo me visto, tenemos que llegar al hospital antes que terminemos siendo padres arriba del auto, terminó de decir sonriendo.
Franco se dirigió por el pasillo y advirtió que en el lugar que pertenecía a su estudio, colgaba de la puerta un cartel que decía “ Bienvenida Lucía”, entró a un mundo color de rosa, sobre una cuna adornada con ángeles vio el bolso y lo tomó, y se dirigió adonde estaba esa mujer.
Ernesto, le dijo ella, no te pongas nervioso, ya hicimos todo el curso pre parto y todo va a pasar rápidamente. Él se sentía mareado, llegó a pensar si había entrado en un departamento equivocado, tal vez en otra calle, o en otra ciudad, estaba tan cansado, que no podía coordinar sus vagos pensamientos.
Llegaron al hospital, el médico esperaba por ellos, rápidamente la llevaron a la sala de parto, le dieron a él un delantal verde, y sin poder razonar lo que pasaba, se encontró tomado de la mano de aquella mujer que mientras pujaba, le decía cuanto lo amaba.
De pronto algo sucedió, la mujer se desvaneció y los médicos comenzaron a movilizarse con cara de preocupación, hay que hacer una cesárea dijeron, y le pidieron al esposo que se retire del lugar.
En el pasillo del hospital, mientras esperaba una noticia, aún sin saber por que estaba viviendo aquella situación, Franco apoyó su cabeza sobre la pared y cerró su mente con un cerrojo de irrealidad.
Juan! lo despertó una voz, me enteré lo de tu padre, es una pena lo del accidente, pero cómo pudieron dejar que maneje a su edad, dijo en tono elevado una mujer de unos 60 años. Él no respondió, mi padre, Juan, Ernesto, su cabeza era un tsunami de palabras y voces desconocidas.
Sr Ernesto Suarez presentarse en sala de cirugía, llamó el altavoz, Franco hizo caso omiso a esa llamada, cuando una enfermera tomándolo del brazo le dijo, ¿señor no escucha que lo están llamando?
Se dirigió a la puerta del quirófano, y encontró al médico con una rigidez en el rostro, y con cara desconcertada le dijo: hicimos lo posible, pero no pudimos salvarlas, este aro de perla se le salió cuando la trasladábamos, por favor vaya a su casa, ubique a sus parientes para que lo ayuden en este terrible momento.
Franco tomó el aro, lo introdujo en su bolsillo, y salió del lugar embriagado de palabras que no entendía, de sentimientos que no conocía, perdido como quien sale a la mar sin una brújula.
Se internó en el paisaje urbano de la ciudad, entre hombres que dormían en la calle, prostitutas que vendían su cuerpo en las esquinas, con su mano metida en el bolsillo, acariciaba el aro de perla que el médico le había dado.
Llegó a su casa, volvió a acostarse en el sillón, a las pocas horas sonó el reloj despertador y se levantó para ir al trabajo. No sabía si había soñado, estaba cansado, tenso. ¿Adónde iría?
Tomó el periódico, y en primera plana, se sorprendió al leer la denuncia de mala praxis de una mujer que había ido a dar a luz y terminó falleciendo en el hospital.
Bebió el café de a sorbos, salió para el trabajo, con su mano derecha tocaba el aro que aún continuaba en el bolsillo de su sobretodo.
Cuando entró al Banco dónde trabajaba, una compañera le dijo:¡ Pablo que cara!, ¿estás enfermo? él la miró y no contestó. Ella continuó, acompañame, quiero presentarte a una nueva compañera, se llama Ana, trabajará como ayudante en tu oficina.
Sentado detrás de su escritorio, miraba su agenda cuando Ana entró. La miró, era una mujer hermosa, de figura estilizada, traje color azul, llevaba el pelo recogido, y en sus orejas, un solo aro de perla.


Texto: valeria Vergara
dibujo: valeria vergara

domingo, 9 de mayo de 2010

miércoles, 5 de mayo de 2010

Mi primer dibujo


Estoy estudiando en un taller de dibujo y pintura, este es mi primer dibujo, aunque simple estoy orgullosa y quería compartirlo...