lunes, 3 de mayo de 2010
sábado, 1 de mayo de 2010
Soñar con los pies

Cuando se despertó, sabía que estaba muerta. Su cerebro enviaba órdenes, pero su cuerpo con una rebeldía audaz, se negaba a obedecer los mandatos. Tenía sed, su visión era confusa, los músculos de la cara se movía al ritmo de una sinfonía descabellada.
Intentó gritar, pero su voz se ahogaba en su garganta, notó que a su alrededor, un sin fin de cables al conectaban a aparatos médicos que ella desconocía. Trató de tranquilizarse, pero fue inútil, sintió terror y demasiada soledad.
Eran las 6 de la mañana, como todos los días Matilda se despertó temprano, para preparar el desayuno de sus hijos y de su esposo. Se dio una ducha, untó su cara en cremas, se sintió fresca, vital. Bajó las escaleras que la separaban de la parte inferior de su casa, y comenzó con la rutina de cada día, la sabía de memoria.
Preparar tostadas, buscar el cereal para sus niños, calentar el café, verificar que cada uniforme estuviera planchado y listo para ser lucido por sus hijos. De reojo miró el traje de su esposo, había decidido que esa corbata a rayas le quedaría perfecta con su camisa blanca y su traje gris topo.
Miró por la ventana, sabiendo que en pocos minutos su casa quedaría vacía, los niños a la escuela, su esposo al estudio de abogados, y ella a realizar las tareas que diariamente la esperaban.
Había renunciado al casarse a realizarse profesionalmente, prefirió dedicar su vida a la casa, a sus hijos, aunque nunca olvidó su sueño de ser bailarina clásica a nivel profesional, pero siempre se decía, en la vida se gana y se pierde.
Pronto escuchó, que su compañero bajaba la escalera, buenos días amor le dijo apenas rozándole la mejilla, tomó su café apresuradamente, se conecto a su computadora, leyó los periódicos con las noticias del día, mientras ella lo observaba desde la distancia, sintiéndose en cierta manera ignorada.
Subió a la habitación de los niños, y con ternura los despertó, abrió la ventana, dejó que un rayo de luz les hiciera cosquillas en los ojos y acompañada de dulces palabras les dio los buenos días. Los ayudó a vestirse, peinó a la nena, atándole dos hermosas trenzas, como en su tiempo hacía con ella su propia madre. Ayudo al niño más pequeño a atar loscordones de sus zapatos y lo invitó a desayunar.
Mientras desayunaban los miraba, se maravillaba al ver como cada día crecían, se los veía felices.
A unos metros de la cocina, en su estudio, el padre no estaba advertido de la presencia de aquel instante cotidiano pero mágico e irrepetible. Las cosas de su profesión abrían una brecha cada vez más amplia entre su familia y sus responsabilidades.
Cuando estuvieron listos, subieron al auto, saludaron a Matilda y se fueron sin mirar atrás.
Matilda ordenó la cocina, perdiéndose en sus pensamientos, puso a lavar la ropa, regó el jardín y subió la escalera para ordenar los cuartos, su pie se dobló y cayó rodando hasta dar contra el piso, luego sus recuerdos y su conciencia se fueron debilitando hasta caer en un profundo sueño.
Pasaron las horas, y ella continuaba sumergida en esa pesadilla que no la dejaba moverse. Cerca del mediodía, cuando regresaron a casa, en busca de su almuerzo, los niños junto a su padre, se encontraron con un terrible cuadro. Un charco de sangre en el piso, y los cabellos rubios de Matilda, mojados y teñidos, la palidez de su rostro era humillante, gritaron, pero fue en vano, ella no respondió.
A los pocos minutos, estaba en la guardia del Sanatorio San José, luego de varios estudios, el médico neurólogo llamó al esposo y dijo las palabras más impresionantes y paralizantes que alguien pudo escuchar.
Su señora sufrió fractura de vértebra cervical, pasaron muchas horas, ya no hay nada que hacer, la médula se lesionó y el diagnóstico es una cuadriplegia irreversible.
Francisco, el esposo de Matilda se sintió morir. Cómo haría para decirle a su esposa que ya no volvería a ser la de antes. ¿Y los niños? cómo comprenderían que la que hasta esa mañana había sido todo para ellos, ahora no se podía valer por sus propios medios. Lloró desenfrenadamente, cuando estuvo más tranquilo, le pidió al médico que lo ayudara a dar la noticia a su esposa.
Ella escuchó sin decir palabras, cerró sus ojos y se imaginó bailando “El baile de los Cisnes”, dejó que su cuerpo volara, que sus pies se elevaran del suelo, que sus brazos acariciaran la brisa, vio la puerta de la habitación abierta, y se escapó de la vida para siempre.
Autora: Valeria Vergara
lunes, 26 de abril de 2010
Lo tangible
Plenilunio de amor, llenas mis ansias. Motivo de mirarte a la distancia. Me envuelves con tu luz, desnudas mi alma, atraviesas mi ser, obscenamente, me insitas al placer groseramente. Ferviente palpitar, liberas mis pecados, me sueltas a la vida, inundas el espacio.
Plenilunio bendito, desciende por mi cuerpo, atrapa mis gemidos, estremece mis venas, osado resplandor, húrtame mis suspiros, saquea mi inocencia, dispárame Cupido. Atrapa mis sentidos, róbame el aire inquieto, asfíxiame en tu amor, desmáyame de goce, que tiemblen mis caderas, que mis brazos se abran, al volar de los vientos, de pasión y de anhelos, de tristeza y consuelo.
Deséame eternamente, quita mi vida entera, libérame el instinto de mujer, de guerrera. Pídeme lo imposible, atrapa mi existencia, llévame allá tan lejos, sácame la decencia. Arrópame en tus besos, con caricias que duelan, en palabras que quemen, con gemidos que teman, llévame para siempre, no quiero en esta tierra pasiones intangibles, solo quiero tu esencia, bálsamo que al curarme, regrese en tu presencia.
poema: valeria vergara
foto: valeria vergara
sábado, 24 de abril de 2010
Nunca se supo, nunca se sabrá

Nunca se supo, nunca se sabrá
Había llegado bañado en sangre, entre sonidos insistentes de sirenas, gritos desesperados, personas confundidas. Caminaba como quien perdió su rumbo, su mirada caminaba diez pasos más adelante. Le dolía cada milímetro de su piel, sus oídos le zumbaban, sentía que a su cuerpo lo atravesaban miles de dagas, dagas inquisidoras que le robaban la vida.
Dio cinco pasos, vio un par de ojos azules, la silueta de una mujer de blanco, pensó en un ángel ¿acaso sería esa la entrada al cielo? y cayó desvanecido al piso.
Cuando despertó, se encontraba en una cama que lejos de sentirse cómoda y tibia, imitaba a la cama de un fakir. Le recordaba cada espacio de dolor en su cuerpo, se imaginaba que un ser minúsculo y perverso caminaba por su piel con un cigarrillo encendido y lo iba apoyando haciéndole sentir una hoguera en su piel.
La puerta se abrió, y por ella entro una enfermera, blanca inmaculada, caminando con soltura, moviéndose con gracia y firmeza. Colocó una bandeja con jeringas, gasas, desinfectantes sobre una mesa, y dándose vueltas dijo:
Me alegro que ya esté con nosotros, todos esperábamos ansiosos y llenos de esperanza este instante.
¿Todos? pensó él, y comenzó a lanzar en medio de una tremenda extenuación, una sin fin de preguntas que nada le aclaraban.
Quiso recordar sus días previos, o sus meses previos, pero sus recuerdos se rehusaban a dejarse hallar, jugando a las escondidas en los laberintos de su integridad desintegrada.
Cómo un ave delicada, sutil, sensual, la enfermera se acercó a él, comenzó a limpiar y curar cada una de las heridas que aún no terminaban de cicatrizar. Por momentos lo miraba a los ojos, y veía que por ellos rodaban lágrimas de insolente dolor. Trataba de ser delicada, no aceptaba la idea de hacer sufrir a ese hombre que por tantos meses había estado cuidando.
Nadie en todo ese tiempo preguntó por él, figuraba como un NN, que triste pensar en ser nadie se planteo más de una vez.
Pero hoy, había dejado de ser nadie, hoy despertó a la vida, hoy se enteraría de su nombre, de su historia, de cómo llegó aquella noche a la guardia bañado en sangre, aturdido, dando tumbos, para culminar de bruces contra el suelo.
Más él no supo quien era, no pudo decir su nombre, no atestiguó sobre su historia, no hubo relatos, ni aventuras apasionantes, ni amores rotos, ni fiestas, ni celebraciones.
Su mente era una hoja en blanco, un sin número de nada, un inventario de olvidos, los desechos que prosiguen a un incendio, un cúmulo de realidades irreales, de preguntas sin respuestas, de nadas nacidas de la nada.
Nunca se supo, como llegó aquel ser a ese lugar, nunca supo quien fue, mucho menos se supo que fue de él, cuando una mañana cansado de ser nadie, dejó un hueco de ausencia, en la cama de aquel cuarto de hospital.
ALMAMÍA
Autor: Valeria Vergara
Autor de la ilustración: Valeria Vergara
Amores equivocados

Al llegar la noche, mira hacia el cielo, dejándose encantar por la silueta de esa exótica dama. Su cuerpo vibra al ritmo del paso de la sangre por sus venas, las plumas iluminan la terca oscuridad, mientras espera que ella aparezca. Se desespera, no puede concebir la idea de que esa noche no logre adorar la gloria de su existir.
Ella es tan cambiante, a veces se la ve entera, llena de fuerzas, sublime. Otras veces comienza a menguar en su existencia, tal vez el pasado la nubla, y hace que se desvanezca su fortaleza. Hay días en que no sabe de ella, y siente terror, su cuerpo se parte en mil pedazos ante el pensamiento de no volver a verla. Pero ella siempre lo sorprende, empieza poco a poco a dar señales, primero tímidamente se la ve aparecer en el cielo dibujando una línea curva, que a él le provoca una mezcla de entusiasmo y alegría.
Ella ríe, sabe muy bien que él esta escondido entre los pastizales, sus plumas brillantes lo delatan cuando ella lanza ríos de luz sobre su cuerpo. Y comienza el juego más hermoso jamás visto sobre este mundo, tan cargado de miserias, de voces que no se atreven a declarar verdades. Se hablan sin palabras, él le declara su amor con solo mirarla, ella en respuesta lanza hilos de luna que le acarician el cuerpo, él le pide que no lo deje, ella se sonroja ante tremenda muestra de amor. Debo partir le dice, sólo se me permite salir de noche, si el amo del universo descubre que vuelvo tarde a la casa del infinito seguramente nunca más permitirá que vuelva a visitarte. Y si yo no aparezco, ¿que será de los enamorados? esos que esperan mi presencia para decirse palabras de amor. ¿qué será de los lagos? cuando esperan ansiosos mi presencia para dibujar reflejos sobre sus aguas.
Él se entristece, siente celos desea poseerla solo para su vida. Siente que ella no le corresponde de la forma en que el la ama. Entonces toma una decisión, no quiere volver a verla. Hasta nunca le dice, si no puedo tenerte prefiero olvidarme que existes, y dejar que las horas acaben con mi desgraciada vida.
Ella no podía creer lo que escuchaban sus oídos, quiso hablar, pero él abrió sus hermosas alas y desesperadamente abandonó el lugar.
Desde aquella noche, la luna apagó su brillo, las estrellas se admiraban al notar que aquella dama tan hermosa envejecía con el pasar de los días.
En otro sitio del monte, bajo un árbol centenario, él agonizaba, su cuerpo había perdido vitalidad, sus plumas habían ennegrecido, no podía comer, mucho menos cantar. Sus allegados no comprendían que sucedía, trataron de mil maneras de levantarle el ánimo, pero todo era en vano, la muerte lo acechaba.
Entre delirios soñaba que su amor perdido descendía de los cielos y lo tomaba en sus brazos, que le susurraba al oído palabras de amor eterno, que acariciaba su rostro, que lo bañaba con pasión de luna. Pero la despertar se encontraba solo y sabiéndose morir, cerró sus ojos, pensó en su amada y permitió que el final de sus días se apodera de él.
Cada noche, la luna continúa con su trabajo de inspirar a amantes, a poetas, o a locos errantes. Ya no lo disfruta, sólo lo hace para ver si en algún momento su amado se hace presente.
Pero nunca llegó, pasaron los meses, los años, los siglos, ella sigue siendo la extraña y exótica dama que por las noches ilumina la tierra alumbrando cada rincón del mundo.
Él, por quererlo todo se quedó sin nada, prefirió morir a compartir, eligió la soledad a disfrutar de la compañía.
Amores equivocados.
Elecciones, el sendero que marca la vida.
ALMAMÍA
Autor: Valeria Vergara
Autor de la ilustración: Valeria Vergara
miércoles, 21 de abril de 2010
Señora del desconsuelo

Virgen del olvido, señora del desconsuelo, me rehúso a ser devota de tu egoísta religión. Dama de las llamas, del infierno en mi cabeza, del sangrar de mis heridas. Patrona de las tempestades, de los ruidos que no suenan, de las pieles que no sienten, de salivas que perfilan insultos, de lenguas licenciadas en ahogar verdades, adictas a tejer mentiras.
Madona de los buitres que atribulan, virgen del fin del mundo, del ocaso de todos los tiempos ¿en qué libro sagrado se agotaron tus liturgias? Profetas que enferman de pavor, al descubrir que el futuro les juega un juego perverso, profecías burdas e insolentes profecías.
Cerrar los ojos, espantar a la virgen de la locura, la madre del vinagre en las venas, conquistadora de voces que aturden mil cabezas. Mi mente ya no ha de tener fuerzas. Cruel mujer, si naciste para proteger, ¿que ha pasado en este mundo que te has vuelto instigadora de delirios?
Seguir buscando y verte, allá a lo lejos demasiado lejos, la distancia me roba los suspiros, quiero alcanzarla, lo logro. No me dejo convencer, sus ojos compasivos, sin embargo me llenan de consuelo. Igual que las hileras de faroles cuando el día se acaba y la noche no llega. Cuando el tiempo te alcanza y la muerte no espera.
ALMAMÍA
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martes, 20 de abril de 2010
Hay una mujer

Hay una mujer que viste un cuerpo, vacío por dentro. Una vida simple, mediocre aburrida. Hay una mujer que no espera que un día por las calles los ojos de algún hombre la dejen desvestida. Esa mujer se apaga, derrumba su mirada, agota sus sudores, olvida los sabores, enmudece, oscurece hasta caer rendida.
Hay una mujer que un día despierta, se quita la ropa, se mira al espejo, camina hacia las aguas de placeres mundanos, que no mira hacia atrás, que se anima a la vida. Que no piensa en resultados, que entierra las recetas, que no negocia más, que se enfrenta a si misma.
Hay una mujer distinta, singular, atrevida, alocada, voraz con ansias de comerse de a mordiscos la vida. Hay una mujer errante, que goza de la brevedad de los minutos, de la sensualidad de los segundos. Hay una mujer que se siente mirada, deseada, añorada, que a volar ya se atreve.
Hay además una mujer salpicada por las altas mareas que revientan contra los farallones, pero hoy no es el día, en que permitirá que el dolor apague sus faroles. Mañana tal vez mañana será el día.
En que rendida a la realidad, caiga vencida.
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